Cuando Wen fue a vivir con sus padres, a sus once años ya cumplidos, se encontró con una habitación para ella sola, un dormitorio con los muebles a juego (hasta entonces, en casa de sus abuelos, compartía habitación con la antigua cocina, una chimenea, una fresquera y un armario no a juego con su cama de colchón de lana) y con un cuadro sobre la cama: un ángel de la guarda que prevenía a dos niños sobre el precipicio en el que estaban jugando.
Le resultó curioso el cuadro (que su madre todavía conserva en su antigua habitación). Porque siempre relacionó al ángel con la primera oración que le enseñó su abuela:
"Angel de la guarda,
dulce compañía,
no me dejes solo
ni de noche ni de día."
Hasta que años después, descubrió que si debía de existir ese ángel tan especial, tan personal, que cuida a los niños, el día que se le ocurrió llevar a su hija pequeña (de tan solo catorce meses de edad y que empezaba a andar) a visitar a su abuela. En el ascensor, que todavía no disponía de puerta interior, la pequeña se le ocurrió investigar esa pared que se movía... en un descuido de su madre, el ascensor "tragó" el bracito hasta el hombro, en los pocos segundos que tardó su madre en reaccionar y parar el ascensor. Los llantos de la pequeña dejaron a su madre tan mal, con un sentimiento de culpabilidad tan enorme, del que tardó mucho en recuperarse, a pesar de que después de múltiples pruebas en las urgencias del hospital infantil, el médico le informó que no tenía ningún daño irrecuperable, salvo una leve quemadura producida por el roce:
- Señora, debe usted dar las gracias al ángel de la guarda de la pequeña, porque sorprendentemente lo que tiene se le curará en unos días... si usted hubiera visto lo que yo por culpa de esos ascensores... Esa niña tiene un ángel muy bueno, de verdad, señora. No olvide darle las gracias.
Wen no se olvidó de darle las gracias.
Y hoy, también debe darles las gracias por ese regalo tan especial a mi ángel de la guarda particular, aunque lo más seguro es que no llegue a leer nunca estas palabras.
Nota: hasta la vuelta, dentro de quince días, mi cuenta atrás llega a su final y los nervios, junto con una enorme sonrisa, no me abandonan.
