Ana estaba muerta, José, tan silencioso como siempre, se quedó sólo en su casa, con el pequeño Tomás, que los primeros días de vuelta al trabajo de su padre, fue de casa en casa, de brazos en brazos maternos, que no eran los de su madre. Lloró, extrañó esos cariños que antes recibiera de otra mujer.
Un día, Tomás no salió de casa cuando fueron a recogerlo. José indicó a su cuñada, que no haría falta que volviera, su hijo estaba en buenas manos y no hubo más que hablar.
Zoia había nacido en Ucrania y ahora trabajaba en el pueblo, llegó con otras compañeras un par de años antes, para trabajar en el campo, sólo tenía dieciocho años, pero la ilusión de vivir una vida mejor, la había empujado a irse de su pueblo... de su pais ¿a dónde?... sin saber realmente donde estaba España, había recalado ahí.
José la contrató para ayudar a Ana en la casa, cuando en los últimos tiempos, ésta se encontraba peor... así que pensó en ella, el pequeño la conocía y la chica no tenía obligaciones con nadie, podía quedarse en casa y ésta era lo suficientemente espaciosa, para que ella tuviera un pequeño espacio vital.
Zoia aceptó. Ganaría lo bastante para enviar dinero a casa, viviría en una casa grande, cuidando de un niño al que había tomado cariño y de un hombre que sólo se sentía tranquilo entre caballos.
Por descontado, cuando la madre de José se enteró de quién era la persona que se había hecho cargo de su nieto y que además viviría en la casa, con su hijo... se negó. Pero no hubo nada que hacer, José había tomado una decisión, seguiría adelante con ella.
José, durante los meses siguientes, terminó por volverse invisible del todo. No aceptaba visitas, no se relacionaba con otras personas, sólo estaba para su trabajo y sus queridos animales. Era al pequeño a quien se veía por el pueblo, en brazos de Zoia o en su cochecito, cuando ésta salía a realizar la compra.
El día que Tomás cumplió dos años, la abuela organizó una fiesta, José no apareció por casa de su madre, pero si envió a Zoia con el niño. Tensión entre los mayores, los pequeños se lo pasaron genial... Tomás rió, se peleó con sus primos, abrió sus regalos con ilusión... y cuando en un momento dado se dió un golpe, fue a Zoia a quien reclamó, abriéndole sus brazos, pidiéndole que lo acunara. La abuela montó en cólera... no iba a permitir que a un nieto suyo, lo criara una extranjera... una "rusa" nada menos. Acudió a casa de su hijo, dispuesta a todo, a quedarse con su nieto en su propia casa si era necesario. Volvió silenciosa, callada y permitió que Zoia se llevara al niño.
Al final José lo había conseguido. Durante dos años, practicamente no se le vio en el pueblo. Vivía a escodidas de todos, con su hijo.... y con Zoia.
El día de la boda de su hermana pequeña... apareció, con un risueño Tomás de cuatro años correteando entre sus piernas y con una bellísima Zoia... de su mano. Wendeling recuerda la sonrisa de su madre ante la mirada estupefacta de su hermana, madre de José.
- ¿Tu has visto?
- Carmen, es su vida y ha demostrado muy bien hasta ahora lo que quiere... déjale que decida por él mismo.
- Pero con esa... esa... ésa lo único que busca es su dinero, pero si es una ... una....
- ¡Carmen! eres mi hermana, pero como se te ocurra montar el número hoy, te aseguro que....
La madre de Wen no terminó la frase, su hermana se volvió dispuesta a buscar alguien dispuesto a escuchar sus razones. Finalmente todo transcurrió con tranquilidad.
Un día, José llamó a su hermana, le pidió que estuviera un par de semanas después en el juzgado, con su flamante marido... y que no contara nada a nadie. Se casaba y necesitaba unos testigos. Su hermana aceptó.
Zoia tenía veintidos años, era extranjera. José tenía treinta y cuatro años, viudo y con un hijo.
Después de la boda, al llegar al pueblo, pararon en casa de los padres.
- Mamá... quiero que saludes a Zoia como tu nuera.
- Esa no es mi nuera.
- Ahora si, nos acabamos de casar.
Carmen se mordió el labio y finalmente sólo pudo articular.
- Déjame preparar una cena para todos.
José al fin volvía a tener una familia.
Nota: Desconozco que pasó realmente en casa de José esos años, no sé si realmente fue una boda por amor o por necesidad (Zoia era inmigrante ilegal). Pero tres años después de su boda y tras seis viviendo en la misma casa, sólo puedo decir que José, poco a poco, se está volviendo menos taciturno, la relación con su familia ha vuelto a los cauces normales, dentro de la personalidad de él. Y este post va en honor del nuevo miembro de la familia: Zoia ha tenido una preciosa bebé (según palabras de su tía) esta semana pasada.
Por cierto, en la familia, todos terminamos comparando la historia del bisabuelo Poli con la de José. Solo les deseo a los dos, que sigan tan unidos como lo estuvieron los bisabuelos.