Wendeling nunca ha sido una deportista nata... a no ser en sus sueños. La verdad es que si ha sido una aventurera. No ha tenido problemas en imaginarse viviendo la más extraordinarias historias, como pirata, como caballero, como domadora de dragones... Pero en la vida real, siempre le ha costado llegar a la altura 10 cuando jugaba al elástico (o a la goma, como dicen en otros lugares) o mantener mucho tiempo saltando a la comba. Sólo trepó a un árbol en
cierta ocasión y jugando al futbol, terminaba siendo la portera, porque no necesitaba correr tanto. Eso sí... la bici le encantaba, aunque siempre tenía las rodillas con heridas, por las caidas persistentes y
algún coscorrón grande en la cabeza que se llevó.
Pasaba el tiempo y ella crecía, obsesionada en encontrar un deporte que se le diera medianamente bien. Probó con carrera de vallas y aunque consiguió una técnica aceptable y no comerse las vallas con frecuencia, su velocidad no era la más aceptable para una competición. Siguió salto de altura... nada... pasó a deportes en equipo y ahí se mantuvo durante una temporada, jugando como lateral izquierda en balonmano, pero la dureza de los encuentros (y eso que eran niñas de 13-14 años) terminó por desanimarla.
Por fin encontró su deporte... su habilidad especial. Incluso su entrenador se entusiasmó con ella, al ver su más que aceptables y prometedoras marcas: lanzadora de disco. Pero ahí estaba su padre para prohibírselo por completo. La visión de las "mujeres" lanzadoras de disco y peso en las olimpiadas hizo que se negara en redondo que su hija practicara ese deporte... por más que le suplicó ésta e intentó convencerle su profesor con explicaciones: esas deportistas profesionales tenían deformado su cuerpo por sustancias ajenas y su hija no tenía por qué llegar a eso. Sólo era un deporte que le podría ir bien.
Pero no. Olvidado el lanzamiento de disco.
Cuando llegó al instituto, siguió probando distintos deportes, aunque el desánimo ya se había instalado en ella. El baloncesto tampoco la satisfizo... y estaba por dejarlo, cuando al equipo de balonvolea se quedó sin una de sus chicas.
El entrenador nos hizo pruebas a todas las chicas de baloncesto, por su altura eran las más adecuadas.
- Wen, colócate en esa esquina y lanza el balón por encima de la red.
- Profe. No sé jugar. No me gusta. Ni idea de como se hace.
- Da igual. Ahora solo quiero ver si eres capaz de llegar y pasar la red.
Y el anterior entrenamiento de ella con el lanzamiento de disco hizo su efecto. Sin la más mínima técnica, el balón describió una hermosa parábola y pasó la red.
- Vuelve a intentarlo Wen... pero ahora intenta lanzarlo al aire y palmearlo.
En esta ocasión el balón llegó directamente al suelo antes de que consiguiera siquiera tocarlo.
- Déjalo Wen... hazlo como lo has hecho al principio.
Y después de múltiples intentos.
- Adjudicado. Wendeling, bienvenida al equipo de Voleibol
- ¿Qué?... Profe... profe... no, por favor. No me gusta.
Pero no hubo nada que hacer. O aceptaba o aceptaba... y para prevenir un suspenso que le bajara la nota media, aceptó.
Ese año, el profesor inscribió por primera vez al equipo femenino de Balonvolea en un campeonato municipal... íbamos a competir. Eso se tradujo en entrenamientos intensivos y palizas consecuentes, intentando conseguir que unas chicas nos convirtiéramos en un equipo.
Por fín llegaron las fechas del campeonato y nuestra sorpresa fue encontrarnos que sólo se habían inscrito dos equipos: el nuestro y el colegio alemán.
Bueno, pues nada... a competir... contra el mejor equipo femenino de institutos de toda la provincia. Nos impresionó un poquito cuando las vimos aparecer en nuestra cancha... eso no eran mujeres... eran enormes tanques rubios, sonrientes y entrenadas para matar. Enorme paliza... solo conseguimos unos puntos y perdimos los tres set.
Ahora nos tocaba jugar en su colegio... viajecito hasta Marbella y bocas abiertas ante las instalaciones de estas germanas afincadas en Málaga. Vuelta a lo mismo. Perdimos... sólo unos pocos puntos marcados (el último set se lo regalamos... total... 15-0).
Habíamos perdido los dos partidos... tanto el de ida como el de vuelta. Nos considerábamos eliminadas de la competición, cuando nos llegó la nota: como sólo éramos dos equipos los que competíamos, habíamos llegado a la final los dos... se jugaría un tercer partido, que sería el definitivo (como si no hubieran sido los dos anteriores definitivos por completo)... habíamos llegado a la final.
Campo neutral. Nos presentamos el día de la final "oficial" (y definitiva que sospechábamos)... esperamos... esperamos.... esperamos... esperamos.... Las tanquetas alemanas no llegan.
Los organizadores de esta mini competición (y tan mini...) se habían gastado un dinero en publicidad y premios... que no iban a quedarse sin entregar. Necesitaban dar los premios, hacerse las fotos pertinentes y salir en los "medios" locales. Así que decidieron que como éramos las únicas que habíamos aparecido, declararnos campeonas del 1er campeonato de voleibol femenino malagueño.
- ¿Campeonas?
- Sí... sí... nos van a dar la copa.
- Pero si hemos perdido los dos partidos.
- Pero las alemanas no se han presentado hoy. Han sido eliminadas.
Wendeling no volvió al año siguiente a jugar con el equipo. Había conseguido su objetivo... por fín tenía en su poder un diploma que la consideraba ganadora de un premio deportivo. Y como recuerdo guarda una foto en la que un equipo de chicas de 16 años tienen un ataque de risa esperpéntica cuando unos señores muy serios y trajeados, les entregan una enorme copa.
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